Fernanda Michelle Raygoza-Díaz, Francisco Javier García-Rodríguez y José De La Cruz-Agüero.
Los peces rape de profundidad, pertenecientes al grupo de los Ceratioideos, habitan en la columna de agua a profundidades de entre 500 y 1500 metros. Su característica más distintiva es el illicio, una modificación de un radio de la aleta dorsal que se proyecta desde su cabeza como una caña de pescar. En su extremo, albergan la esca, un órgano bioluminiscente poblado por bacterias que generan luz, funcionando como un señuelo irresistible para atraer presas y crucialmente, para facilitar el encuentro de parejas reproductivas en la oscuridad perpetua. Sin embargo, esta morfología icónica es un atributo exclusivo de las hembras.
A principios del siglo XX, los científicos observaron en hembras capturadas unas protuberancias que inicialmente confundieron con parásitos o crías. Fue el investigador Charles Tate Regan quien, en 1925, identificó que se trataba de machos enanos fusionados al cuerpo de las hembras. Esta relación simbiótica extrema se denomina parabiosis, un fenómeno en el que dos organismos independientes llegan a compartir un sistema circulatorio común.

Hembra de pez rape perteneciente al océano Atlántico. Fotografía de David Shale / naturepl.com.
El ciclo comienza cuando la hembra, mediante feromonas o su esca luminiscente, atrae a un macho de vida libre. Cuando éste la encuentra, se fija a su cuerpo utilizando los dientes y segrega enzimas que disuelven su propia piel y la de la hembra, iniciando una fusión gradual. El macho experimenta entonces una metamorfosis radical: pierde los ojos, las aletas y la mayoría de sus órganos internos, con la excepción de los testículos, que se desarrollan de manera prominente. Finalmente, los sistemas sanguíneos de ambos individuos se conectan por completo. A partir de ese momento, el macho se transforma en un apéndice dependiente: un parásito sexual que recibe nutrientes de la hembra y a cambio, le provee esperma de forma continua y bajo demanda. El periodo de unión es, en muchas especies, permanente.
En las profundidades abisales, donde la densidad de población es ínfima, encontrar una pareja es un evento de probabilidad casi milagrosa. Por ello, esta estrategia de fijación permanente resulta una adaptación crucial para la supervivencia de las especies. No obstante, aparearse con un solo macho comprometería la diversidad genética de la descendencia. La naturaleza resuelve este dilema al propiciar que múltiples machos se adhieran simultáneamente al cuerpo de las hembras. De este modo, la progenie puede provenir de distintos padres, garantizando una variabilidad genética que constituye una ventaja evolutiva formidable.
Este nivel de fusión orgánica plantea una pregunta biológica fundamental: ¿Cómo evita la hembra rechazar al macho como un injerto o un tejido extraño? La respuesta reside en una adaptación única del sistema inmunitario de estos peces. Han perdido o modificado genes clave responsables de la producción de anticuerpos y linfocitos, que en la mayoría de los vertebrados desencadenarían un rechazo inmunológico. Esta atenuación de sus defensas permite la parabiosis, aunque el modo exacto en que compensan esta deficiencia para sobrevivir a patógenos comunes sigue siendo un enigma.

Fotografía tomada de NAUTRA (2025). Izquierda: macho parásito comenzando a fusionarse.
Los Ceratioideos evolucionaron a partir de peces bentónicos que colonizaron el océano pelágico hace aproximadamente 50 millones de años. Las evidencias sugieren que el parasitismo sexual se originó en ese mismo periodo, lo que lleva a los científicos a proponer que esta innovación reproductiva fue un factor determinante en su éxito evolutivo. Al asegurar la fertilización en un ambiente de encuentros improbables, allanó el camino para la radiación de estas extraordinarias criaturas en las profundidades marinas.

CICIMAR-CI 2697. Borophryne apogon Regan, 1925. Recolecta realizada el día 11/07/1987, con un total de 1 organismo capturado. Red Isaacs-Kidd. Localidad: Costa Occidental, mar abierto, al sur de Punta San Roque, B.C.S. Latitud: 26° 31′ N. Longitud: -114°34′ O.
Bibliografía
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